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La vuelta al mundo del yate Surazo PDF Imprimir E-Mail

Hace tres años comenzamos esta travesía, que en un principio pretendía navegar solo en las aguas del Océano Pacifico, pero finalmente surgió el proyecto de regresar a Chile navegando hacia el oeste, dando la vuelta al mundo.

Imagen de muestra


 

Por Sebastián Cánovas


El día 28 de Abril del 2007 salimos del puerto de Antofagasta. La tripulación estaba compuesta por Carlos Solar Barrios, Luis Alberto Cánovas Parró, Sebastián Cánovas Sepúlveda y Esteban Chacón Meyerd.

 

En un principio la idea era navegar hasta Nueva Zelanda, para luego volver a Chile. El velero con que se realizaría esta travesía es el Surazo, modelo Sideral de 11 metros, construido en Chile, de madera de alerce de hace 50 años.  Esta singladura estaba prevista para no más de 12 meses.

 

La ruta de navegación nos llevo a Perú, Ecuador, Galápagos y la Polinesia Francesa, tal como estaba previsto.  La verdad es que la travesía hasta Ecuador aunque estuvo llena de aventuras y algunos “Surazos”, fue muy parecido a lo que habíamos navegado en las costas chilenas.

 

La primera prueba que tuvimos que afrontar en el viaje fue la navegación desde Galápagos a las islas Marquesas, esta singladura comprendía 3.000 millas náuticas, que demoramos 21 días en completar. Aunque no tuvimos grandes tormentas (una semana sin bajar el spi), fue difícil convivir cuatro personas en un lugar tan reducido. Las islas Marquesas significaron para nosotros la entrada al paraíso conocido como Polinesia Francesa. Acá, visitamos islas como Fatu-Hiva que dejó mágicos recuerdos en nuestra memoria, la gente vive tan tranquila (no más de 150 personas), solo al ritmo de la naturaleza. Estas islas carecen de turismo, por lo que nos sentimos muy privilegiados al caminar por sus senderos, bañarnos en sus cascadas o bucear en sus cristalinas aguas.

 

Luego de visitar varias islas de las Marquesas, seguimos a los atolones de Rangiroa y Manihi, donde tenemos los mejores recuerdos del buceo. Sus aguas son cristalinas y de temperatura ideal, además de la cantidad de fauna que se aprecia  bajo el agua, sin olvidar los tiburones que, por cierto, son inofensivos. Es importante entrar a los atolones sin corriente en contra, nosotros pasamos uno que otro susto creyendo que nos varábamos.

 

Después de 5 meses de navegación, arribamos en la isla de Tahití, donde yo tuve que regresar a Chile para reintegrarme a los estudios. Acá se presento la disyuntiva, ya que Carlos Solar, dueño del velero, por razones laborales no se podía ausentar de Chile por más de seis meses, los que finalmente fueron ocho. Por esta razón, mi padre asumió el compromiso de llevar el velero de regreso a Chile ya que la tripulación del Surazo tenia más ganas que nunca de continuar disfrutando del sol y las playas que ofrecen las islas del Océano Pacifico, por lo cual se decidió continuar la travesía hasta Nueva Zelanda.

 

Esta navegación abarcó cuatro meses más y se visitaron lugares como islas Cook, Nuie y Tonga. Llamó mucho la atención arribar en la isla de Niue y descubrir que éste era un país independiente, siendo solo una pequeña isla de no más de 2.000 personas. Igualmente interesante resultó ser el Reino de Tonga que es una monarquía absoluta, donde el rey es dueño de todo. En estas islas encontramos el yate chileno Lobo, de Eduardo Magri, que llegó navegando pero perdió su mástil en el tramo Nueva Zelanda. 

 

En este lugar del Pacifico es donde las condiciones climáticas cambian abruptamente y algunas veces se producen grandes tormentas, las que han cobrado vidas humanas. Es por esto que hubo que esperar varias semanas para cruzar a Nueva Zelanda, distante a 1.000 millas.  Debido a esto, Carlos Solar y Esteban Chacón no pudieron aplazar más su regreso y tuvieron que volver a Chile. En reemplazo llegó Luis Roa.

 

Después de diez días de navegación se arribó sin problemas a las costas neozelandesas y grande fue la sorpresa cuando nos percatamos de que había todo un operativo anti-drogas a nuestra espera. Más de diez personas, incluyendo buzos, perros, camiones, laboratorios de rayos X y asesores de Estados Unidos revisaron el Surazo por dos largos días, lógicamente sin encontrar nada y dando solo la explicación de que provenía de Sudamérica, donde hay mucha droga. Fue un mal comienzo en este país, pero finalmente se encontraron grandes amigos y se llevaron excelentes recuerdos.

 

Acá fue donde se tuvo que tomar la decisión de llevar el velero de regreso por el Pacifico Sur, siendo ésta una navegación de dos meses sin escalas, o llevarlo por el otro lado del mundo, cruzando el Estrecho de Torres, Océano Indico, Cabo de Buena Esperanza, Océano Atlántico y Canal de Panamá, para así completar una circunnavegación al globo. Finalmente, fue esta última la opción escogida, aunque tomaría casi dos años en volver a Chile. En Nueva Zelanda fue necesario permanecer cinco meses, esperando la temporada para seguir al Estrecho de Torres. 

 

La navegación desde Nueva Zelanda hasta Sudáfrica fue una de las más duras hasta ese momento. El Océano Indico dejó increíbles recuerdos de islas paradisíacas así como también recuerdos de un mar embravecido, golpeando al Surazo durante largas semanas de navegación, llegando a sacar la pintura de la proa,  pero aun así, el velero se mantuvo firme como una roca.

 

Desgraciadamente, en el tramo de la isla Reunión en Sudáfrica, se cortaron los dos obenques bajos y se quebró el mástil en 3 partes, afortunadamente ningún tripulante sufrió lesión alguna y además, se encontraban a pocas millas de la isla de Reunión, pudiendo volver para efectuar las reparaciones.

 

Tras este evento, la tripulación quedó muy desalentada, pero sabían que tenían poco tiempo y debían cruzar cuanto antes hacia Sudáfrica, para evitar la época de ciclones. Gracias a la ayuda de la gente local, se pudo armar un aparejo de fortuna con un mástil de 9 metros  (el original tenia 14,6) y poner rumbo a Sudáfrica, donde se arribó después de 18 lentos días de navegación. En Sudáfrica, regresó a Chile Luis Roa, el que fue reemplazado por mi hermano Nicolás y yo.

 

Luego de unas semanas de búsqueda, tuvimos la suerte de poder encontrar  un mástil de similares dimensiones pero de madera (el original era de aluminio), pudiendo así instalarlo y dejar al Surazo a punto, para afrontar las millas que nos quedaban hasta Chile. La navegación por la costa sudafricana es muy respetada por todos los navegantes, por lo que pusimos mucho cuidado en elegir el momento justo para bajar a Ciudad del Cabo.

 

Aún así, el Cabo Angulas (punto más austral de África) nos recibió con fuertes vientos del noreste, las olas que nos daban por la proa increíblemente arrancaron una luz de navegación y algunas maderas de la regala. Después, conversando con otros navegantes, concluimos que tuvimos bastante suerte.

 

El día 12 de abril zarpamos rumbo a Namibia y cubrimos las 700 millas en una semana, el viento estuvo bastante flojo y tuvimos algo de neblina, propio de la zona. La pesca estuvo pobre, lo único que pescamos fue devorado por algunos escualos o jibias, antes de poder subirlo abordo, solo rescatamos la cabeza. La verdad es que en un principio no pensábamos ir a Namibia, pero en Durban conocimos unos navegantes locales de Namibia que nos invitaron a un safari de 10 días en sus tierras y además nos dijeron que así podríamos tomar mucho mejor viento para el cruce del Atlántico.

 

Durante el mes que estuvimos en Namibia nos trataron excelente, son fanáticos de los asados  así es que no podían quedar mejor estos chilenitos del Surazo.

El safari fue espectacular, nos pasaron muchas aventuras, que una próxima oportunidad esperamos contarles, y nos quedamos con el recuerdo de gente muy agradable. Nuestros amigos Jaco y Christell estaban preparando su yate Songerie para la vuelta al mundo que ya están dando.

 
Ya con las despensas llenas de preciados alimentos, logramos zarpar el 15 de mayo rumbo a Santa Elena, 1.220 millas por recorrer. Hacía bastante tiempo que al Surazo no le tocaba una travesía tan larga. Durante los once días de navegación tuvimos entre 5 y 15 nudos, estuvo bueno pero un poco flojo.

 

Creo que íbamos tomando el ritmo del viento, a veces anduvimos muy lento, pero nos resistíamos a poner motor, preferíamos ir despacio a escuchar el ruido del motor, no gastamos más de 40 litros de diesel. El piloto automático dio algunas fallas pero después de resetearlo quedó como nuevo. Parece que es cierto que el Atlántico es el más tranquilo de los océanos.

 

Que mejor que la buena pesca, un dorado pasó completo al ceviche, otro a la plancha y el último al vapor. Nunca falta el monstruo marino que cae contra el sedal de 1,5 milímetros. A medida que nos vamos acercando a la isla, sacamos los cálculos de la llegada y sí, efectivamente llegamos de noche, una vez más. Lo más seguro es esperar el amanecer y entrar con luz, siempre es peligroso entrar de noche. Finalmente a las dos de la madrugada ya estábamos anclados.

 

El fondeadero en James Town no es el mejor, por sus 20 metros de profundidad, pero con nuestra ancla Bruce y 20 metros de cadena no tuvimos problemas. En la isla son bien estrictos con sanidad, ya que no tienen aeropuerto como para evacuar algún enfermo, por lo que hay que esperar en el yate hasta que viene el doctor para un chequeo médico. Tuvimos que esperar un buen rato al médico sin poder bajar, aunque peor fue para unos conocidos de Alaska que llegaron un par de días después que nosotros, justo era feriado por lo que pasaron dos días esperando al médico....También hay que adquirir un seguro médico por si te enfermas. La isla tiene casi 5.000 habitantes, que por cierto muy pocos son Ingleses, sino africanos o medios hindúes.

 

Realmente los locales son muy generosos, muchas cosas no nos las cobraron, incluso el carpintero nos regaló una madera para un trabajo en el yate, tuvimos que ir tres veces a cortarla para que encajara y después se nos perdió, Alan se murió de la risa y no tuvo problema en regalarnos otra; recordará a los chilenos por malos para medir y por desordenados. Claro está que no se puede pasar por Santa Helena sin visitar la casa de Napoleón, que estuvo preso por los ingleses casi seis años.

 

Un par de días antes de que llegáramos a la isla, un grupo de navegantes tuvo que ir a rescatar un yate que estaba a la deriva a 400 millas. Una historia terrible, una pareja llegó navegando en su 50 pies de acero y la mujer se suicidó en el yate, aún peor el hombre decidió zarpar solo de regreso a Cape Town y a la semana un carguero encontró el yate a la deriva sin nadie a bordo.


Durante los diez días en Santa Elena, aparte de disfrutar del buceo y las buenas compañías, también estuvimos preparando el zarpe y sinceramente hicimos un buen trabajo, por primera vez no quedó nada pendiente, todo OK, fruta, verduras, cubierta barnizada, full full.

 

Zarpamos rumbo a Salvador de Bahía y de las 1.927 millas que debíamos navegar, completamos solo 30 cuando el piloto automático falló, por suerte que fue cerca y no en la mitad del camino. Milagrosamente, el conductor del ferry tenía un conocido capo en pilotos automáticos, igual difícil de creer que en una isla perdida haya un técnico en pilotos. Aún más milagroso fue que Garry Francis arregló el motor eléctrico del piloto en una tarde. Nuevo zarpe, ahora con el piloto OK, pero ya nos habíamos comido gran parte de la fruta y otras provisiones, cosas que pasan.

 

Para la sorpresa de varios, nos demoramos 15 días en casi 2.000 millas hasta Salvador. La pesca estuvo buenísima, primero unos dorados de unos 5 kilos, un pez espada de 1,5 metros que fue devuelto al mar por bonito; al Nico y al papá les bajó lo sentimental, yo ya me lo imaginaba acompañado con arroz...Gracias a los elásticos que instalé en el apero de pesca, los monstruos marinos ya no cortaban el sedal, pero doblaban los anzuelos, hasta que les coloqué unos anzuelos especiales y así logramos sacar un dorado de 15 kilos! Una bestia. Lo preparamos a la plancha y el resto en charqui seco y conservas, muy bueno.

 

El viento se mantuvo toda la travesía entre el NW, SW 10-20 nudos. El motor solo lo utilizamos para cargar baterías y entrar a Salvador. Tuvimos unos cuatro días de viento medio fuerte, que hizo subir la ola y así la navegación fue más incómoda, pero cubrimos 160 millas diarias.

 

Le tomamos buen ritmo a la navegación, pero los últimos días fueron pesados y con ganas de llegar a puerto. Durante la navegación no rompimos casi nada, salvo una bomba de sentina y la bomba de la cocina, exitosa navegación.

 

Salvador de Bahía fue otro puerto mágico y de muchas historias. Acá permanecimos dos meses y medio trabajando en el barco, recibiendo visitas de Chile y compartiendo gratos momentos con nuevos amigos. Fue muy entretenido que en Salvador conociéramos gente con los que navegamos juntos hasta cuatro meses, para separarnos en el Caribe.

 

Después de nuestra larga estadía en Salvador, decidimos zarpar junto al yate Anemamare rumbo a Maceio. Fue con esta pareja con los que cubrimos todas nuestras millas en Brasil para separarnos finalmente en Trinidad.

 

Las primeras millas hacia el norte de Brasil fueron bastante incómodas ya que el viento y las olas llegaban por la proa, pero afortunadamente son navegaciones de no más de tres días. Los desembarcos en la playa de Maceio son toda una odisea ya que está llena de basura y hay que tener valor para desembarcar. Afortunadamente a treinta minutos de Maceio esta Praia do Francés, que se parece bastante a los islas de la Polinesia.

 

Dejando Maceio seguimos al norte y exploramos Supe, un pequeño pueblo de pescadores. Luego arribamos en Recife y aprovechamos la ocasión para inscribirnos en la regata que sale todos los años el día 19 de Septiembre rumbo a la Isla Fernando de Noronha

 

Las 300 millas que separan Recife, de Fernando de Noroña, fueron bien incómodas, ya que tuvimos vientos de frente. En esta travesía se embarcó con nosotros un periodista de la revista Náutica. La verdad es que para no haber navegado nunca creo que soportó bastante bien la travesía, aunque sin duda después de leer su artículo, creo que quedó traumado para toda la vida en nuestro barco, sin embargo nunca se quejó.

 

Cabe recordar que de los ochenta barcos que zarpamos rumbo a la isla, solo cincuenta llegamos, en todo caso hay que reconocer el espíritu náutico de este país. Fernando de Noronha es un archipiélago bastante atractivo, pero creo que no se compara con otros destinos visitados durante el viaje. En la isla son muy estrictos con las normas ambientales, pero desgraciadamente no se refleja completamente, igual se ve un poco de basura por las calles.

 

Nuestra navegación por las costas de Brasil continuó bastante cómoda, seguimos a Natal, Fortaleza y Lensoes Maragneces. La mayoría de los navegantes nos contaron que los verdaderos atractivos de Brasil están al sur y no al norte por donde fue nuestra ruta, en nuestro caso vimos la parte más pobre de Brasil, sin embargo siempre fuimos bien recibidos.

 

Dejamos Brasil, junto a nuestros amigos del Anemamare, y completamos las 600 millas que nos separaban de Guyana Francesa, poco viento pero dos nudos de corriente favorable. Nuestra estadía no fue extensa, pero aprovechamos de recorrer un poco la selva y hacer algunos paseos cerca de La Cayenne.

 

Lamentablemente nuestro siguiente puerto fue Trinidad, pero no pasamos por Tobago, que supuestamente es una de las mejores islas caribeñas. En Trinidad estuvimos haciendo varias reparaciones y es el puerto que menos me agradó.

Trinidad está fuera de la zona de huracanes y es por esto que muchos navegantes dejan sus yates en esta isla y vuelven a sus países. También, todos los navegantes aprovechan de hacer reparaciones, por lo que están ocupados en sus veleros. Acá nos tuvimos que separar de nuestros amigos del Anemamare. En este punto nos percatamos que debíamos apurarnos, para poder pasar Navidad y Año Nuevo en Cartagena de Indias y así llegar a tiempo a Chile para el comienzo de la universidad.

 

A un día de navegación está la isla de Grenada, donde pasamos un par de días para luego continuar al weste, pasando por Los Roques e islas ABC. La navegación por estas islas es bien agradable, ya que son tramos cortos y de buen mar.

 

Cuando estábamos llegando a Araba, fuimos abordados a las cuatro de la madrugada, nuevamente, por un equipo anti-drogas. En su momento pasamos un gran susto, ya que en un principio no sabíamos si eran piratas. La costa venezolana es una de las más peligrosas en cuanto a piratas. Por suerte fueron generosos y después de una hora dejaron el velero y nosotros continuamos nuestra navegación.

 

Finalmente, arribamos a Cartagena donde se embarcó Carlos Solar con una amiga y navegamos a las islas de San Blas, gran destino, tal vez uno de los mejores del viaje. Son muchas islas, de arena blanca, palmeras, como en la Polinesia, pero los locales son más amables y auténticos.

 

Es común encontrar navegantes que ya llevan 10 o 15 años navegando y haciendo charters por estas islas. Nosotros disfrutamos durante algunas semanas, pero lamentablemente cuando intentamos cambiarnos de fondeadero, nuestro Volvo Penta, de 20 años de antigüedad, no funcionó. Durante todo el viaje nos dio algunos problemas, pero siempre los logramos solucionar. Lamentablemente esta vez era la caja de transmisión, la que hasta el día de hoy nos causa problemas.

 

Esta parte de la historia es muy larga por lo que prefiero omitir y resumirlo en que estuvimos casi tres semanas en San Blas para arreglar el motor y luego un mes de trabajo en Colón (lado Atlántico del Canal de Panamá) y finalmente en Ciudad de Panamá, donde volvimos a hacer arreglos.   

 

Dejamos Panamá con una pequeña fuga de aceite en la caja de transmisión, pero igual logramos llegar a Salinas en Ecuador. Esta travesía no fue nada fácil ya que el viento fue mínimo y tuvimos que completar los ocho días de navegación casi sin apagar el motor, por lo que el nerviosismo fue constante. Siempre tuvimos la preocupación de que el motor terminara sus días en esta travesía. El poco viento, calor y el ruido constante del motor, llevaron nuestra convivencia hasta el límite.

 

En Ecuador nos vimos obligados a volver a Chile, pero afortunadamente Cristian Aravena pudo viajar, para acompañar a mi padre en la que se pensaba sería la última travesía del viaje.

 

Luego de hacer nuevos arreglos en el motor, zarparon rumbo a Antofagasta. Siempre se supo que esta sería una navegación difícil pero jamás estuvo en los planes arribar en Isla de Pascua. Resultó que a los cuatro días de navegación, el motor dejó de funcionar. Los vientos contrarios no permitieron que el Surazo pudiera navegar rumbo a Antofagasta. Se encontraba a 1.200 millas de su destino y a 1.100 millas de Isla de Pascua, fue en este momento en que mi padre tomó la decisión de cambiar rumbo a la Isla.

 

Después de 31 días de navegación, arribaron sanos y salvos pero con el barco un tanto dañado. Según mi padre, ésta fue la navegación más dura del viaje, ya que aparte de sufrir con los vientos de proa, el avance a destino fue lamentable, en algunos días de solo diez millas.

 

Debido al mal estado del motor y tener todos sus certificados de navegación vencidos, el Surazo fue embarcado en el barco Amatista rumbo a Valparaíso y hoy se encuentra fondeado en el club de yates de Recreo.

 
     
 

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